La reducción radical en el consumo de energía: la alternativa energética y ecológica


La reducción radical en el consumo de energía: la alternativa energética y ecológica.
Ponencia para el Segundo Foro de Transformación social y cultural del COALT, celebrado el 31 de mayo de 2014, en el salón Heberto Castillo de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal
En los últimos siglos se afirma en el mundo occidental la idea de que el aumento en el consumo de energía se corresponde con una elevación del bienestar humano, de mejoría social, de mayor felicidad individual. La aparición de la máquina de vapor marca el inicio de esta tendencia. En adelante, aumenta  el consumo de energía  en la medida en que las sociedades se industrializan, se tecnifican, se desarrollan bajo el impulso de la ciencia y la tecnología y los postulados de la economía clásica. Al mismo tiempo que se inicia el aumento en el consumo de energía cambia la visión del mundo en la Europa del siglo XVIII: aparecen en Francia, Inglaterra y Alemania las ideas de progreso y de la felicidad como una consecuencia del avance científico y tecnológico; el utilitarismo se convierte en la filosofía dominante en el mundo anglo sajón y las mercancías industriales en el soporte de una vida feliz. Con el carbón, se producen en Europa las revoluciones conservadoras  que sientan las bases del mundo moderno: la revolución industrial, la revolución higienista, la revolución transportista, la revolución sanitaria que imponen profundos cambios en los modos de vida y crecientes demandas de energía. Inglaterra, que inicia este aumento continuo en el consumo de energía, domina los mares, sojuzga viejas civilizaciones e impone las bases de lo que hoy llamamos la occidentalización del mundo; es decir: la destrucción de las viejas culturas y el imperio de las ideas de la escasez o de la economía y la tecnología en las relaciones entre los seres humanos. Con la era del petróleo, el consumo de energía se dispara a niveles nunca antes vistos en la historia: la población humana se multiplica por siete.
Los automóviles, la aviación, el bombeo de agua,  el transporte de mercancías, la fertilización de suelos, los pesticidas, la calefacción, la refrigeración, el acondicionamiento de aire, la iluminación, la fundición, el secado, y muchas otras actividades elevaron en el siglo XX el consumo de energía a niveles escandalosos en los países desarrollados.  Con el 5% de la población, EU llegó a consumir en el siglo XX  el 40% de la energía producida en el mundo. La era del petróleo produce  actos brutales, atroces, contra los pueblos afectados por la extracción de hidrocarburos: muchos gobiernos fueron derrocados por las maniobras de las empresas petroleras que se volvieron una calamidad mundial. La Revolución Mexicana tiene un fuerte trasfondo petrolero.  Las guerras mundiales del siglo XX reflejan la magnitud de la violencia generada por el consumo de petróleo en las sociedades tecnificadas.  Las guerras por el petróleo se dan en gran escala en la segunda mitad del siglo XX y continúan en el siglo XXI, con la guerra de Irak. El consumo excesivo de petróleo provoca una primera señal geológica en 1970: la decadencia de los pozos petroleros de EU, hecho que a su vez produce una señal económica en los 70s: el petróleo sube de un nivel de dos dólares el barril a 40 dólares el barril. El geólogo King Hubbert lanza en los 50s la hipótesis del Pico del Petróleo: los pozos llegan a un máximo de producción por cierto tiempo y luego desciende su producción. Esta teoría está confirmada por la decadencia de la producción de petróleo convencional en EU y en otras partes del mundo, como México. Se estima que en 2010 entramos en el Pico del petróleo: la producción de petróleo en tierra firme en el mundo inicia su decadencia mientras  comienza la era del petróleo no convencional, un energético de muy elevado riesgo económico, social y ambiental. Estamos frente a una ominosa perspectiva energética que obliga a los gobiernos a medidas desesperadas como lo es la reforma energética de Peña Nieto.
El agotamiento del petróleo barato eleva sustancialmente los precios del petróleo al inicio del siglo XXI y en 2008 llega a 158 dólares el barril, circunstancia que detona la crisis financiera de ese año que a su vez provoca la crisis económica mundial de los últimos cinco años. El petróleo se confirma como la clave del funcionamiento de la economía mundial; los gobiernos combaten la posibilidad de un disparo en los precios del petróleo en los últimos lustros, por medio de guerras y la extracción del gas y petróleo no convencional, también llamado petróleo extremo, como lo es la muy costosa perforación en aguas profundas o la extracción de gas shale por medio del calamitoso fracking o el petróleo extraído de las arenas bituminosas de Canadá. El fin del petróleo barato amenaza desde hace décadas el modo de vida de los países desarrollados: los gobiernos y las empresas niegan esta realidad, para evitar la caída de las perspectivas económicas, el aumento de los precios del petróleo y obstáculos al saqueo  del petróleo barato de los países que todavía tienen alguna reserva de éste hidrocaruburo, como Irak, Irán, Venezuela, México y de las "tierras vírgenes" : el Amazonas, el Ártico, las costas de California, donde estaba prohibido por razones ecológicas. La extracción del petróleo extremo  frena por unos años el disparo de los precios del petróleo a un costo social y ambiental excesivo y con grandes riesgos económicos; la era del los Tres dígitos- más de 100 dólares el barril- está firme en el mundo desde hace algunos años. Cualquier mejoría en la economía mundial elevará significativamente  los precios del petróleo y  echará abajo en poco tiempo esta recuperación: entramos en una era de gas, gasolina y electricidad con precios en aumento continuo; una era de energía cada año más cara. El agotamiento del petróleo barato cambia la perspectiva de la economía mundial: el crecimiento económico será cada vez más difícil; la violencia y las desigualdades aumentan. Los modos de vida cambian en muchos países, por el creciente costo de la energía.
El consumo excesivo de petróleo a lo largo del siglo XX provoca una respuesta climática que ha sido denunciada desde los años 50, cuando se inician las observaciones de la concentración de carbono en la atmosfera. Mucho se ha dicho desde entonces al respecto de este fenómeno calamitoso hasta hoy, cuando se reconoce que la temperatura promedio de la superficie de la Tierra aumentará por lo menos cuatro grados centígrados hacia el final de este siglo. Existen importantes grupos científicos que advierten que la temperatura podría aumentar mucho más debido a factores que retroalimentan esta tendencia y la llevan al disparo en algunas décadas. Desde hace unos 20 años, los informes del Panel Internacional Científico del Cambio Climático de la ONU reiteran una y otra vez que existe el cambio climático, que el cambio climático es generado por la actividad humana (es antropogénico), que se está acelerando, y que puede acelerarse mucho más. Cada año tenemos peores eventos climáticos en el mundo, no obstante, los gobiernos poderosos, con EU a la cabeza, no sólo hacen todo lo posible por no hacer nada que sirva para mitigar esta calamidad, sino que dan un fuerte impulso a la extracción del petróleo extremo (el tipo de petróleo que más puede afectar el clima), el libre comercio, actividad que implica un escandaloso consumo energético (por el transporte de mercancías) y las actividades militares. En las 19 cumbres del clima, organizaciones sociales de todo el mundo han exigido reducir hasta en un 80% las emisiones de los gases que afectan el clima, sin embargo, los intereses de las petroleras y otras grandes transnacionales han conseguido bloquear cualquier intento gubernamental de hacer efectivas estas reducciones: la economía mundial funciona a espaldas del clima y la ecología. Esta situación de punto muerto puede conducirnos a la desaparición de una gran parte de la humanidad o toda ella en este siglo. Quedan pocos años para actuar en defensa de la humanidad y mitigar el desastre climático.
El aumento en el consumo de energía en los últimos dos siglos crea un desquiciamiento económico y político que se refleja en una gran miseria para la gran mayoría de la población humana, la concentración de la riqueza en pocas manos, la escandalosa corrupción de los políticos, la creciente falta de legitimidad de los gobiernos y los representantes sociales. Además, crea un desquiciamiento social y simbólico que se manifiesta en el aumento de la miseria, la desintegración de las comunidades territoriales, las migraciones, la muerte de las culturas milenarias, la violencia intrafamiliar, escolar, laboral, urbana; que se revela en la elevación de los niveles de inseguridad, angustia, stress, infelicidad; en el incremento de enfermedades como la diabetes, la obesidad, los canceres, las crisis cardiacas; en el aumento en los suicidios, el consumo de drogas, los jóvenes que no estudian ni trabajan, en los deportes violentos. Que se expresa en la emergencia de nuevos valores, como la agresividad, el cinismo, la seducción manipuladora, la indiferencia al sufrimiento de otros. Como lo advertía Ivan Illich, después de cierto umbral, el aumento en el consumo de energía destruye la relación entre los seres humanos.  Al parecer, los ciudadanos de EU han rebasado más de diez veces este umbral: se han vuelto la sociedad más violenta y destructiva del mundo.
La alternativa frente al agotamiento del petróleo barato, el petróleo extremo, el desastre climático, el desquiciamiento político, económico, social y simbólico, no está, desde luego, en los focos ahorradores de Calderón, o la mayor eficiencia energética de los autos, o el ahorro de energía de los aparatos, o en la instalación de grandes eólicas o solares, o  el uso de energías renovables, o el uso de la energía nuclear o los biocombustibles. El desarrollo sustentable es un total fracaso.  Ninguna de estas falsas soluciones detiene la degradación de la política y la economía, o el desquiciamiento social y simbólico provocado por el consumo excesivo de energía. La eficiencia energética de los focos, los autos o los aviones es víctima de la Paradoja de Jevons; es decir: la reducción en el consumo energético es anulada inmediatamente por el aumento en el uso de estas tecnologías. Como se ha demostrado, las energías renovables no ayudan a reducir significativamente el consumo de petróleo y las emisiones que afectan el clima. Por otro lado, la energía nuclear resulta ser la más cara, contaminante y peligrosa forma de generar electricidad, además de ser contraria a la participación de la sociedad en las decisiones. Los biocombustibles tampoco reducen significativamente las emisiones de carbono, en cambio, crean hambre en el mundo por el encarecimiento de los alimentos que producen. El abandono del petróleo es un proceso muy doloroso: no hay  con qué sustituir su densidad energética.
En los asuntos energéticos y ecológicos, la alternativa estratégica o de largo plazo  está, en mi opinión, en la REDUCCIÓN RADICAL DEL CONSUMO DE ENERGÍA EN LA INDUSTRIA Y LOS SERVICIOS.  En la industria y los servicios existe un escandaloso despilfarro de energía, protegido por la política económica; sólo hay que observar un poco las formas industriales de generación de energía, la agroindustria, el bombeo de agua,  el transporte, el libre comercio, la salud, la educación, para confirmar el enorme potencial que existe para la reducción radical en el consumo de energía en estas ramas de la economía, ampliamente denunciadas en las cumbres del clima. Entendemos por reducción radical, las reducciones del 20, 30, 50 % en el consumo de energía en los grandes rubros de la economía nacional. Estas reducciones no se logran con desarrollos tecnológicos afectados por la Paradoja de Jevons, se logran con acciones políticas contundentes-reformas, leyes, normas-   que se sustentan en la revalorización de la naturaleza, las culturas, la convivialidad, que impulsan la reconceptualización de la riqueza y la pobreza, de la escasez y la abundancia, que promueven la reestructuración de la producción y las relaciones sociales, que expanden la redistribución de la riqueza y el trabajo. Estas acciones deben propiciar la consecución de un objetivo estratégico: LA RELOCALIZACIÓN DE LA ECONOMÍA Y LA VIDA. Se trata de lograr estos objetivos por cambios en la organización psicosocial del hombre occidentalizado; estos cambios deben expresarse por medio de la descolonización del imaginario social, afectado por la nefasta labor de las escuelas y su envenenado producto: la educación; por la destructiva labor de la manipulación mediática; por el consumo de tecnologías. Todas estas líneas estratégicas requieren acciones políticas extraordinarias.       
La alternativa inmediata o de corto plazo consiste en aplicar una política energética que se expresa en la consigna ¡SALIR DEL PETROLEO!, es decir, en la aplicación de las siguientes medidas:
  • Proscribir las operaciones de extracción de gas y petróleo no convencional-petróleo extremo: shale-fracking; aguas profundas; arenas bituminosas; extracción en el Ártico, el Amazonas y otros santuarios ecológicos. Esto implica anular, desde luego, la reforma energética de Peña Nieto, la que implica un gran impulso a la violencia, los riesgos económicos, el desastre climático, la devastación ecológica, la corrupción, el autoritarismo.
  • Proscribir la energía nuclear, por sus costos infinitos; proscribir la producción de agrocombustibles, llamados también, eufemísticamente, biocombustibles y las grandes eólicas y solares, por sus excesivos impactos sociales y ambientales.
  • Reducir la extracción de gas y petróleo convencional a un 80% en diez años.
  • Establecer una política económica de descrecimiento: objetivos de calidad, no de cantidad: eliminar los índices económicos, como el PIB: renegociación de los acuerdos de libre comercio y de seguridad.
  • Reestructurar la agricultura, el transporte, la urbanización, el comercio, la gestión del agua.  Impulsar la Vía Campesina o producción de alimentos en pequeña escala y la urbicultura. Impulsar la autosuficiencia regional del agua (eliminar los trasvases tipo Cutzamala, Bicentenario) y los alimentos básicos; impulsar la Movilidad Optima, las asambleas de pueblos, ejidos, barrios y colonias, para Relocalizar la economía.  
  • Redistribuir la riqueza y el trabajo, por medio de la desconcentración de actividades económicas y políticas, la descentralización, la autonomía de las regiones ecológicas.  
  • Movilización comunitaria frente a la alianza del poder económico y político.
  • Promoción de la artesanía y la producción local de alimentos y servicios.
  • Proyectos piloto de urbicultura, huertos urbanos, excusados secos, depuración local del agua; agua por gravedad; y otras ecotecnias.  
Miguel Valencia Mulkay, ECOMUNIDADES, Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México

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